For 45 years, the Catholic Church in the United States has celebrated National Migration Week. This is an opportunity to reflect on our history as an immigrant Church and the ways in which our country has been enriched by generations of immigrants, including the many Catholics who have adopted this land as their own. It is also an occasion to grow in appreciation of the challenges faced by migrants and refugees, both in the United States and beyond, and to express solidarity through prayer, accompaniment, and advocacy. Given the present persecution of our immigrant brothers and sisters in our country, this National Week's arrival could not be better-timed.
Pope Francis, prior to his passing, recommended “Migrants, Missionaries of Hope” for this year’s theme for Migration Week. In the intervening months since the Holy Father's death, Pope Leo has affirmed the Church’s calling to: work tirelessly for the equal dignity of every person; promotion of the role of humanitarian protections in preserving human life, the sanctity of families, and the vital contributions of foreign-born religious workers and laity; oppose all human trafficking; and insist on the importance of integrating long-time residents and establishing meaningful immigration reform.
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Por 45 años, la Iglesia aquí en Estados Unidos ha celebrado “La Semana Nacional de Inmigrantes.” La Iglesia nos quiere recordar que las personas que migran, buscan refugio o carecen de lo necesario para la vida, están creadas a imagen de Dios. Si bien cada persona lleva esta imagen en una identidad nacional, étnica, y social particular, la imagen de Dios es la primordial, y cada ser humano la lleva igual y plenamente. Los hechos de la migración, la búsqueda de refugio o la falta de lo necesario para la vida no comprometen la imagen de Dios, sino que la manifiestan de maneras únicas. De hecho, como nos recordó el Papa Francisco: “Los pobres son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a Él.”
También es importante reconocer que la persona humana es miembro de una familia, la “célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia.” Por lo tanto, se debe brindar cuidado a los individuos y también a las familias, y las políticas o prácticas que perjudican a las familias deben evaluarse a la luz de sus derechos inherentes a permanecer juntas.
Además, las realidades humanas de la migración y la pobreza revelan algo sobre Dios y sobre nosotros mismos. En “la plenitud de los tiempos,” Cristo salió del Padre, despojándose de sí mismo y haciéndose pobre por nosotros. El llamado al discipulado es un llamado a hacerse pobres y a transitar de un modo de vida a otro. En la Gran Comisión, Cristo manda a los apóstoles que emigren (Mateo 28, 19) y anuncien a Dios, pues “la misericordia y el amor de Dios son muy grandes.”