La Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos va a recordar fuertemente que nuestra oración y todo nuestro culto es servicio a Dios y a nuestro prójimo, no servicio egoísta a sí mismo en el sentido de presumir y alardear por lo que hacemos para Dios y para nuestros prójimos. Lo primero es adoración en espíritu y en verdad. Y nuestra celebración alrededor de la Mesa del Señor es un anticipo del Banquete del Reino.
Para el discípulo verdadero, no hay más que una motivación y un centro en su vida: el Reino. Trabajar al servicio del Reino de Dios es un compromiso total. Hoy diríamos “full-time,” utilizando una expresión inglesa. Estar al servicio del Reino es tener presente la fraternidad y la justicia como valores fundamentales en nuestra vida. Trabajar al servicio del Reino es, hagamos lo que hagamos, tener el perdón, la misericordia, la reconciliación, y el amor, como los valores centrales siempre presentes. Ese y no otro es el único agobio que debe vivir el discípulo de Jesús o sea, nosotros. En otras palabras, no se trata de ser católico sólo cuando vamos a la iglesia, sino en todo momento.